Todo comenzó en el año 1970, cuando tenía cinco años de
edad. Mi familia no pudo mantenerme, así que me las arreglé para continuar con
la larga vida que aún debía recorrer. Casi siempre me las pasé viviendo
alrededor de mil muchachas que les ocurrió lo mismo que a mí. El refugio que
encontré se llamaba “Saphire”, situado en Detroit, Estados Unidos. El colegio
era pupilo en la que solamente se aceptaban niñas.
Mi primer día no había sido muy alentador, ya que mis
profesoras no me conocían y era la chica nueva. Mi profesora se llamaba
Christine Michelle Monterbeau, quien nos enseñó las principales reglas del
instituto. Éstas eran seis:
1.
No gritar en clase
2.
No hablar si la docente no te
lo permite
3.
No molestar a los directivos
4.
No correr en los pasillos de la
escuela
5.
Despertarse a las siete en
punto de la madrugada, sino será sancionada por 2 días y en ellos se le dará a
la alumna un trabajo
6.
Jamás entrar a la habitación
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Las reglas semejaban ser sencillas, pero adaptarse y
cumplirlas era muy complicado, fundamentalmente la quinta regla.
En todo el
instituto había setecientas habitaciones en las que se debían reunir cuatro
niñas. Mi habitación era la número 124, la cual compartí con mis mejores
amigas: Mae, Cady y Michelle.
Mae fue casi una
hermana para mí. Era morocha y ojos marrones. Su personalidad era graciosa,
positiva con sus amigas y amante de los vampiros. Cady era también morocha,
pelo ondeado, ojos verdes claros, alta. Era muy positiva con todo. Decía que las
cosas siempre tenía una solución, aun cuando estaba segura de que no lo había.
Michelle era rubia, ojos marrones, baja en estatura. Ella fue mi mejor amiga de
todas. Era sincera, graciosa y, principalmente chismosa. No le importaba de
quién era el chisme, solo con saberlo le bastaba. Yo era morena, ojos marrones
y pelo negro lacio. Éste no tenía el largo que yo quería, pero varias de las
chicas del colegio querían tener el color de mi cabello.
Siete años pasaron
y aún no sabía qué era de la vida de mis padres. Siempre me preguntaba cómo
serían ellos, si me buscarían para poder seguir la vida que ellos no lograron
darme, pero la verdad es que no querría ir con ellos, pues estaba feliz en el
lugar en el que me encontraba. Al cumplir los quince años, el instituto
organizó una fiesta como lo hicieron en los años anteriores y como lo harían en
los futuros años hasta ser mayor de edad. La fiesta se originó en el “Comedor
de Oro”, donde hacían las fiestas de todas las alumnas y se celebraba días
importantes. Todas las chicas se fueron vestidas formal, cada una con un color
distinto que hacía que el salón reflejara más su belleza. Cada momento que
disfruté fue estupendo y estaba segura que jamás lo olvidaría.
Una semana después
de la fiesta sorpresa, el instituto integró niños, la mayoría huérfanos al
igual que yo, pero unos cuantos eran hijos de aquellos quienes no estaban en
casa a causa de trabajo. El día pasó y se formó una nueva madrugada. La campana
de las siete sonó para que todos nos vistiéramos para entrar a clase. Cuando
terminé de vestirme, Cady, Mae y Michelle se estaban arreglando.
-¿Para qué se
arreglan, si solo vamos a clases como todos los días?- pregunté confusa
-¿Qué no lo
recuerdas? Hay chicos integrados en el colegio, y no nos podemos ver mal-
Cuando escuché esas
tontas palabras salí de la habitación y me dirigí al aula. Dentro de ellas se
hallaban más bancos, esta vez nos teníamos que sentar con un compañero quienes
serían designados según la preferencia de la profesora. Las chicas aparecieron.
-Begg, todos los
muchachos están reunidos en el salón. Cuando nos asomamos divisamos a un chico
muy apuesto que vendrá con nosotras- dijeron felices
-Lo único que me
preocupa es que estos chicos no las haga cambiar, así que dejen su “belleza”
para otro momento del día- les dije muy desconcertada por las estupideces que
estaban diciendo ¿Qué les hicieron a mis amigas? Seguramente los chicos les
habían chupado el cerebro.
La profesora
Christine hizo entrar a los nuevos al aula y les fue designando lugar en el
cual se debían sentar por el resto del año. Comencé a ver las caras de todos
los chicos y no vi nada que me impactara, pero a decir verdad, todas las
muchachas miraban con mucho interés de encontrar un compañero. Debía decir que
verlas fue algo espantoso y patético. Si hubiese sacado una foto a sus caras,
seguramente se sentirían avergonzadas por sus actos. Cuando me di vuelta a ver
a los otros ñoños que entraban, hubo un chico que en verdad me hipnotizó. La
profesora lo presentó como Frank Danibelle. Era rubio, de ojos celestes, piel blanca
pero no era pálido. Miré a otra parte del aula aunque seguía escuchando las
palabras de la profesora, quien lo hizo sentar junto a mí. Antes de sentarse en
el banco que se hallaba junto al mío me miró y me sonrió. Sentí cómo mi
garganta se secaba, mi corazón palpitaba con el doble de la velocidad normal.
Aún cuando me miraba durante la clase, estaba muy concentrada en el tema del
día. Esperaba con ansias la hora del recreo para no quedarme con la imagen que
estaba junto a mi cuerpo.
La clase había terminado antes de terminar mis
pensamientos. Todos los compañeros se levantaron y se fueron al igual que yo. Cuando salí de
la multitud desesperada por irse, Frank me estaba esperando al lado de la
puerta.
-Discúlpame,
¿Cómo te llamas?- preguntó al verme
-Rebecca-
dije- Davis-
-Hola.
Soy Frank Danibelle- dijo sonriendo- ¿De dónde eres?-
-De
aquí. ¿Y tú?-
-De
Alaska. ¿Te molesta que te pregunte?- dijo algo preocupado
-No, para
nada. Es que no dormí bien, es todo- le sonreí
-¿O
eres una chica de pocas palabras?-
-Además-
-No te
preocupes, siempre le pasa a todas cuando me ven o me hablan- dijo agrandándose
-Eres
un creído- le dije riendo
Era un chico encantador y en parte lo que había dicho
era verdad, era demasiado bello para que pudiera hablar tanto como lo hacía con
mis amigas. El timbre del almuerzo sonó. Nos dirigimos hablando de nuestras
vidas hasta una mesa que estaba desocupada. Cuando tomé mi bandeja, todas las chicas
que se hallaban en el comedor del mediodía me miraban y comentaban las unas con
las otras. Frank me sonrió.
-Parece
que todas querían esta mesa- riendo comentó
Era muy raro todo, ¿es que jamás vieron a una chica sentada
junto a un muchacho? Era algo verdaderamente patético. Si les gustaba Frank que
se lo dijeran y punto, pero que no comenten en un susurro cosas que seguro me
involucraban. Estaba muy molesta y Frank lo notó.
-Si
quieres podemos ir a comer a otro sitio. No tengo ningún inconveniente-
-No. Lo
que están haciendo todos es algo humillante, lo sabrían si estuvieran en mí
lugar-
La comida estaba deliciosa, pero no la pude disfrutar
como debía por esas tontas miradas de los psicópatas que tenía a mí alrededor.
Después de pasar dos minutos, me había hartado. Me levanté junto a mi bandeja,
la deposité en la mesa de basura y me fui. Frank corrió detrás de mí. Nos
dirigimos al parque trasero del colegio, en donde pudimos sentarnos sin que
nadie nos molestara con sus miradas.
-¿Desde
hace cuánto tiempo estas en este instituto?-
-Desde
los cinco años. Mis padres no pudieron mantenerme. En una de nuestras salidas
los perdí al seguir una sombra de un pájaro gigante. Luego comenzó a nevar,
estaba sola, nadie estaba afuera. Con frío y miedo, me oculté debajo de un gran
árbol hasta que vi una figura a la distancia que pareció un ángel. Éste se paró
delante de mí y dijo que a cien kilómetros de donde me hallaba estaba un
colegio que me mantendría todos esos años en los que no tuviera a dónde ir.
También me dijo que me llevaría hasta allí, pero que tendría que caminar unos
metros sola ya que él no podía acercarse en su forma natural. Desde entonces
siempre sueño con mi salvador, deseando el día en el que nos volvamos a
encontrar- una lágrima cayó por mi mejilla. Frank alzó su brazo y extendió su
dedo que secó la lágrima.
-Lamento
eso-dijo mirando hacia el piso
-No hay
problema- dije con una pequeña sonrisa- ¿Tú crees en los ángeles?-
-Sí-
-¿Alguna
vez viste uno?-
-Sí,
pero eso fue hace unos meses-
-Daría
mi alma para volver a ver a uno de ellos- comenté.
Frank se quedó mirándome de una manera rara y especial.
Todos me creían una loca con mis historias de ángeles salvadores, pero al fin
conocí a alguien a quien podría contarle mis maravillosas historias.
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