domingo, 30 de octubre de 2011

Capítulo 1


Todo comenzó en el año 1970, cuando tenía cinco años de edad. Mi familia no pudo mantenerme, así que me las arreglé para continuar con la larga vida que aún debía recorrer. Casi siempre me las pasé viviendo alrededor de mil muchachas que les ocurrió lo mismo que a mí. El refugio que encontré se llamaba “Saphire”, situado en Detroit, Estados Unidos. El colegio era pupilo en la que solamente se aceptaban niñas.
Mi primer día no había sido muy alentador, ya que mis profesoras no me conocían y era la chica nueva. Mi profesora se llamaba Christine Michelle Monterbeau, quien nos enseñó las principales reglas del instituto. Éstas eran seis:
1.                  No gritar en clase
2.                  No hablar si la docente no te lo permite
3.                  No molestar a los directivos
4.                  No correr en los pasillos de la escuela
5.                  Despertarse a las siete en punto de la madrugada, sino será sancionada por 2 días y en ellos se le dará a la alumna un trabajo
6.                  Jamás entrar a la habitación 207
Las reglas semejaban ser sencillas, pero adaptarse y cumplirlas era muy complicado, fundamentalmente la quinta regla.
            En todo el instituto había setecientas habitaciones en las que se debían reunir cuatro niñas. Mi habitación era la número 124, la cual compartí con mis mejores amigas: Mae, Cady y  Michelle.
            Mae fue casi una hermana para mí. Era morocha y ojos marrones. Su personalidad era graciosa, positiva con sus amigas y amante de los vampiros. Cady era también morocha, pelo ondeado, ojos verdes claros, alta. Era muy positiva con todo. Decía que las cosas siempre tenía una solución, aun cuando estaba segura de que no lo había. Michelle era rubia, ojos marrones, baja en estatura. Ella fue mi mejor amiga de todas. Era sincera, graciosa y, principalmente chismosa. No le importaba de quién era el chisme, solo con saberlo le bastaba. Yo era morena, ojos marrones y pelo negro lacio. Éste no tenía el largo que yo quería, pero varias de las chicas del colegio querían tener el color de mi cabello.


            Siete años pasaron y aún no sabía qué era de la vida de mis padres. Siempre me preguntaba cómo serían ellos, si me buscarían para poder seguir la vida que ellos no lograron darme, pero la verdad es que no querría ir con ellos, pues estaba feliz en el lugar en el que me encontraba. Al cumplir los quince años, el instituto organizó una fiesta como lo hicieron en los años anteriores y como lo harían en los futuros años hasta ser mayor de edad. La fiesta se originó en el “Comedor de Oro”, donde hacían las fiestas de todas las alumnas y se celebraba días importantes. Todas las chicas se fueron vestidas formal, cada una con un color distinto que hacía que el salón reflejara más su belleza. Cada momento que disfruté fue estupendo y estaba segura que jamás lo olvidaría.
            Una semana después de la fiesta sorpresa, el instituto integró niños, la mayoría huérfanos al igual que yo, pero unos cuantos eran hijos de aquellos quienes no estaban en casa a causa de trabajo. El día pasó y se formó una nueva madrugada. La campana de las siete sonó para que todos nos vistiéramos para entrar a clase. Cuando terminé de vestirme, Cady, Mae y Michelle se estaban arreglando.
            -¿Para qué se arreglan, si solo vamos a clases como todos los días?- pregunté confusa
            -¿Qué no lo recuerdas? Hay chicos integrados en el colegio, y no nos podemos ver mal-
            Cuando escuché esas tontas palabras salí de la habitación y me dirigí al aula. Dentro de ellas se hallaban más bancos, esta vez nos teníamos que sentar con un compañero quienes serían designados según la preferencia de la profesora. Las chicas aparecieron.
            -Begg, todos los muchachos están reunidos en el salón. Cuando nos asomamos divisamos a un chico muy apuesto que vendrá con nosotras- dijeron felices
            -Lo único que me preocupa es que estos chicos no las haga cambiar, así que dejen su “belleza” para otro momento del día- les dije muy desconcertada por las estupideces que estaban diciendo ¿Qué les hicieron a mis amigas? Seguramente los chicos les habían chupado el cerebro.
            La profesora Christine hizo entrar a los nuevos al aula y les fue designando lugar en el cual se debían sentar por el resto del año. Comencé a ver las caras de todos los chicos y no vi nada que me impactara, pero a decir verdad, todas las muchachas miraban con mucho interés de encontrar un compañero. Debía decir que verlas fue algo espantoso y patético. Si hubiese sacado una foto a sus caras, seguramente se sentirían avergonzadas por sus actos. Cuando me di vuelta a ver a los otros ñoños que entraban, hubo un chico que en verdad me hipnotizó. La profesora lo presentó como Frank Danibelle. Era rubio, de ojos celestes, piel blanca pero no era pálido. Miré a otra parte del aula aunque seguía escuchando las palabras de la profesora, quien lo hizo sentar junto a mí. Antes de sentarse en el banco que se hallaba junto al mío me miró y me sonrió. Sentí cómo mi garganta se secaba, mi corazón palpitaba con el doble de la velocidad normal. Aún cuando me miraba durante la clase, estaba muy concentrada en el tema del día. Esperaba con ansias la hora del recreo para no quedarme con la imagen que estaba junto a mi cuerpo.
La clase había terminado antes de terminar mis pensamientos. Todos los compañeros se levantaron  y se fueron al igual que yo. Cuando salí de la multitud desesperada por irse, Frank me estaba esperando al lado de la puerta.
            -Discúlpame, ¿Cómo te llamas?- preguntó al verme
            -Rebecca- dije- Davis-
            -Hola. Soy Frank Danibelle- dijo sonriendo- ¿De dónde eres?-
            -De aquí. ¿Y tú?-
            -De Alaska. ¿Te molesta que te pregunte?- dijo algo preocupado
            -No, para nada. Es que no dormí bien, es todo- le sonreí
            -¿O eres una chica de pocas palabras?-
            -Además-
            -No te preocupes, siempre le pasa a todas cuando me ven o me hablan- dijo agrandándose
            -Eres un creído- le dije riendo
Era un chico encantador y en parte lo que había dicho era verdad, era demasiado bello para que pudiera hablar tanto como lo hacía con mis amigas. El timbre del almuerzo sonó. Nos dirigimos hablando de nuestras vidas hasta una mesa que estaba desocupada. Cuando tomé mi bandeja, todas las chicas que se hallaban en el comedor del mediodía me miraban y comentaban las unas con las otras. Frank me sonrió.
            -Parece que todas querían esta mesa- riendo comentó
Era muy raro todo, ¿es que jamás vieron a una chica sentada junto a un muchacho? Era algo verdaderamente patético. Si les gustaba Frank que se lo dijeran y punto, pero que no comenten en un susurro cosas que seguro me involucraban. Estaba muy molesta y Frank lo notó.
            -Si quieres podemos ir a comer a otro sitio. No tengo ningún inconveniente-
            -No. Lo que están haciendo todos es algo humillante, lo sabrían si estuvieran en mí lugar-
La comida estaba deliciosa, pero no la pude disfrutar como debía por esas tontas miradas de los psicópatas que tenía a mí alrededor. Después de pasar dos minutos, me había hartado. Me levanté junto a mi bandeja, la deposité en la mesa de basura y me fui. Frank corrió detrás de mí. Nos dirigimos al parque trasero del colegio, en donde pudimos sentarnos sin que nadie nos molestara con sus miradas.
            -¿Desde hace cuánto tiempo estas en este instituto?-
            -Desde los cinco años. Mis padres no pudieron mantenerme. En una de nuestras salidas los perdí al seguir una sombra de un pájaro gigante. Luego comenzó a nevar, estaba sola, nadie estaba afuera. Con frío y miedo, me oculté debajo de un gran árbol hasta que vi una figura a la distancia que pareció un ángel. Éste se paró delante de mí y dijo que a cien kilómetros de donde me hallaba estaba un colegio que me mantendría todos esos años en los que no tuviera a dónde ir. También me dijo que me llevaría hasta allí, pero que tendría que caminar unos metros sola ya que él no podía acercarse en su forma natural. Desde entonces siempre sueño con mi salvador, deseando el día en el que nos volvamos a encontrar- una lágrima cayó por mi mejilla. Frank alzó su brazo y extendió su dedo que secó la lágrima.
            -Lamento eso-dijo mirando hacia el piso
            -No hay problema- dije con una pequeña sonrisa- ¿Tú crees en los ángeles?-
            -Sí-
            -¿Alguna vez viste uno?-
            -Sí, pero eso fue hace unos meses-
            -Daría mi alma para volver a ver a uno de ellos- comenté.
Frank se quedó mirándome de una manera rara y especial. Todos me creían una loca con mis historias de ángeles salvadores, pero al fin conocí a alguien a quien podría contarle mis maravillosas historias.

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