La mañana había
llegado nuevamente. Su luz iluminó mi cuarto y mi rostro, haciendo que me
despertara. La alarma estaba preparada para las 9:30 y eran las 6:00. Estaba
muy emocionada. Los días habían pasado velozmente y faltaban tan solo tres días
para el baile.
Mientras me vestía
para salir, escuchaba por la radio a AC/DC. Pensaba que debía hacer algo para
que el ángel no supiera quién de todas las jóvenes del salón era yo. Terminé de
vestirme, apagué la radio, tomé las llaves y me fui.
Ya las calles las
conocía, al igual que los locales. Mirando una vidriera de mascotas, un
muchacho se tropezó con mi pie.
-Disculpa,
¿te encuentras bien?-
-¿Crees
que me encuentro bien?- se pausó y me miró, como si me conociera- No importa.
Disculpa-
-No
tienes por qué disculparte- dije sonriendo
-Hace
mucho tiempo que no nos vemos-
-¿Nos
conocemos de algún sitio?-
-Soy
Travis, Begg-
-¿Travis?
Estas muy cambiado-
-Y tú
estás bellísima, igual que siempre-
Cada frase dicha
por él hizo que me quedara sin palabras y sin aliento. En verdad estaba
guapísimo desde la última vez que lo vi. Seguramente ya tenía novia y le
gustaba coquetear. Si intentaba conquistarme, lo estaba logrando con mucha
facilidad. Su voz era más serena. La mirada que tenía hacia que me sintiera
incómoda. No estaba segura de lo que sentía y tuve la sensación de confusión.
Me gustaba tanto Travis como Frank, aunque estaba completamente furiosa con él.
-¿Estás
escuchándome?- preguntó con una sonrisa
-Sí. Es
solo que estaba pensando-
-¿Pensando?
¿A esta hora de la mañana? Creo que tu desayuno ha afectado tu mente- y comenzó
a reír
Era hermoso serio
como riendo.
-Hey,
¿me vas a contestar?-
-Es que
no desayune-
-¿Cómo?
Ahora me acompañarás a desayunar. Un día como hoy, caluroso, te hará mal si no
comes algo. Vamos-
Me tomó de la mano
y caminamos un rato hasta llegar a un bar. El mozo vino a nuestra mesa en
seguida y preguntó la orden.
-Un
submarino y un sándwich tostado, por favor- contestó Travis
Noté cómo me miraba
durante el tiempo en el que esperamos el desayuno, pero el problema era que
desde la última vez que lo vi, me había dicho que gustaba de otra de las
chicas. Ella se llamaba Dominique. Era la más petisa del aula. Su pelo era de
color marrón, ojos marrones, piel medianamente tostada. Para mi criterio, era
bonita. Ese momento hizo que me sintiera mal. Aunque no me había enterado,
Travis era el segundo chico que me gustaba y, luego de la pelea con Frank y al
encontrármelo, pasó a ser el primero. Estaba segura que no sentía nada por mí,
pero me encantaría que fuera así. No sé si era AMOR lo que sentía por él, simplemente
me gustaba. El mozo apareció frente a la mesa colocando la taza sobre la mesa
sin que se derramara.
-Gracias-
dije
El submarino estaba
delicioso al igual que el tostado, pues, accidentalmente me quemé la lengua al
tocarlo. Travis se rió. Me encantaba hacerlo reír.
-En
cuanto termines, si quieres, te acompaño a ver lo que quieras. Es que creo que
detuve tu mirada del local anterior-
-No hay
problema. Pero me encantaría tener compañía en el día-
Terminé el pedido,
pagó Travis sin que yo lo dejara y nos fuimos.
-Aquí
tienes la plata con la que pagaste mi desayuno- dije buscando en la cartera el
dinero
-No
quiero que me lo devuelvas-
-Toma.
No quiero que digas que no lo aceptarás, pues me sentiré ofendida-
Con mucha lentitud
tomó el dinero que le estaba entregando, esperando a que me arrepintiera.
-Enserio,
Begg, quédatelo- dijo cambiando su mirada
-Por
favor, Travis, es mi forma de agradecerte lo que has hecho-
-Está
bien-
Frente al
departamento en el que vivía me despedí. Habíamos acordado de salir el día
siguiente y el siguiente. Seguro sería muy divertido pasar esos días con él. Al
igual que se divertía conmigo, yo me divertía con él. Cada cosa que decía me
daba gracia, su música rara, todo. Lo bueno era que no teníamos mucho en común.
Mi padre, como era
de costumbre, llegaba tarde a casa, pero esa vez alguien estaba dentro.
Miré cuarto por
cuarto, tratando de ver de quién se trataba la visita. Una valija vi sobre la
cama de mi papá y se oía el ruido de la lluvia del baño. Abrí la valija para
buscar algo que lo o la identificara, un documento o algo por el estilo. La
valija le pertenecía a Clara Thompson de Davis. ¿De Davis? Entonces era... La
ducha se había apagado y alguien estaba mirando desde la puerta que estaba
abierta.
-Rebecca,
hija- dijo la voz con tono de sorpresa
-¿Mamá?-
-Sí.
Ven y dame un abrazo-
Corrí hasta sus
brazos mojados. Me sentía muy feliz al estar junto con mi madre después de
mucho tiempo. Papá me había dicho que estaba de viaje, haciendo una gira o algo
por el estilo. Había dejado su trabajo anterior para dedicarse a la actuación,
que era su vida.
-¿Cómo
te encuentras, cariño?- me preguntó con una gran sonrisa
-Muy
bien, pero ahora mejor. No sabía cuándo volvería a verte y ahora, aquí estas-
-Quiero
estar lo más posible contigo, por todos estos años en los que no te pude ver
crecer-
-Muchas
gracias, mamá-
-Una
jovencita como tú debe tener una mirada materna, la cual debería ayudarte con
elecciones de ropa y de ese estilo, porque tu padre eligiendo... no lo creo,
siempre me pareció que tenía malos gustos de ropa. Pero tú no le digas. Es algo
entre las dos-
-Está
bien-
-Vamos
a comprar algo, que es muy temprano todavía-
-De
acuerdo-
Salimos del
edificio. La calle ya estaba repleta de personas, caminando de un lado al otro.
Mi madre conocía un lugar en el que ella siempre iba a comprar ropa y
accesorios. Con la simple mirada que le di a la vidriera, supe que era un lugar
muy costoso y lleno de bellas cosas. Entramos al local. Una señora mayor nos
atendió muy amablemente. Mi madre la saludó. Nos ofreció un vestido azul
marino, pero ya tenía mi vestido, que era el que había encontrado cuando fui de
compras con las chicas. Después de eso, recordé que era un baile de máscaras, y
estaba alrededor de máscaras. Jamás me gustó usar máscaras y debía usarla igual
para que mi ex no me registrara. La señora nos indicó un lugar que hacía el
estilo de las máscaras que estaban en la vidriera en una hora según el gusto
del comprador. Esa idea me pareció de lo más cómoda, ya que sería como yo lo
quería. En el local, un joven muchacho nos atendió, estaba debajo del estante
buscando algo. Al levantarse del suelo era Travis quien trabajaba allí. Me
sorprendí totalmente. También me registró, pero trató de ignorarlo ya que se
encontraba en el trabajo y yo estaba junto con mi madre.
-¿En
qué las puedo ayudar?- preguntó
-Mi
hija quiere una máscara la cual ella elegirá la forma, los colores y los
arreglos. ¿Es posible?-
-Sí,
señorita-
-Gracias,
por lo de señorita. Ya no soy joven-
-Para
mi gustó se ve muy joven, como de una señorita de unos veintitrés años-
-Que
amable es, joven. Pero tengo treinta y seis años. Aunque no me haría mal
sacarme unos trece años- dijo mi madre
riendo
-
Necesito que su hija me acompañe por aquí- dijo Travis señalando a un cuarto
iluminado que se hallaba al fondo de todo el local. En ese cuarto estaba un
hombre que trabajaba con unos diseños hermosos. El color era igual al que
quería, crema. Parecía a esas máscaras que se usaban en la antigüedad, en la
época victoriana. Unas perlas estaban pegadas en el borde, colocadas alrededor
de los ojos y del entorno. En verdad era hermoso.
-Bien,
dime cómo la quieres-
-¿A
quién le está haciendo esa máscara el señor?-
-A
nadie. Lo va a poner en la vidriera-
-Quiero
esa, pero antes de que le ponga una tira estirable para la cabeza, la quiero
con un palillo en el que lo pueda sostener-
-Muy
bien-
-Gracias,
Travis, por todo-
-Y
haría más por ti-
Tuve el impulso de
besarlo. No sabía qué debía hacer. Me calmé. Se quedó mirando, a ver qué iba a
hacer. Le sonreí.
-Ve con
tu madre, que debe estar esperándote-
-Adiós,
Travis. Nos vemos-
-Eso
espero. Mañana a las 14:30 era, ¿no?-
-Sí-
-Bien.
Entonces... hasta luego, Begg-
Lo saludé y me fui.
Acto siguiente, mi
madre me convenció de ir a buscar a mi padre al trabajo, mejor dicho, a
saludarlo. Temía que le molestara nuestra presencia porque debía estar en una
reunión. A mi madre pareció no importarle mucho. Tomamos un taxi y nos fuimos.
No fue un largo
viaje, ya que el edificio de la empresa estaba a diez cuadras de donde nos
encontrábamos anteriormente, pero no teníamos ganas de caminar. Nos recibió un
cartel gigantesco con el nombre de la empresa: Davis & Company. El edificio
debía tener mínimo treinta pisos, cada uno tendría cientos de personales
trabajando. Al entrar, un aire fresco nos bañó. Una muchacha de unos
veinticuatro años nos atendió.
-Bienvenidas
a empresas Davis & Company, ¿en qué las puedo ayudar?-
-Mi
nombre es Clara Thompson de Davis-
-¿qué
necesita, Sra. Davis?-
-El
piso en el que trabaja mi esposo. Venimos de visita-
-En el
piso veintinueve-
-Muchas
Gracias-
-Que
tenga un buen día-
Llamamos al
ascensor. Un hombre con barba corta nos preguntó el piso y lo marcó. Debo decir
que me había hecho muy amiga de él. Su nombre era Adam Courles. Tenía sesenta y
un años de edad, viudo con dos hijos, una llamada Marie y el otro llamado Bryan,
de diecisiete años.
Cuando llegamos al
piso, observamos a todos los trabajadores. Unos estaban en la computadora,
otros atendían llamados de personas, otros se los veía diseñando, otros tomando
nota de lo que decía el compañero. No hubo una sola persona a la que no había
visto trabajando. Al final de un pasillo en el que todos andaban caminando y
corriendo, una oficina con la puerta abierta parecía que nos esperaba. Una voz
se escuchaba hablando por teléfono. Tocamos la puerta hasta escuchar el
“adelante” de mi padre.
-Después
te llamo y arreglamos. Adiós- colgó el teléfono- ¿Cómo están las personas más
importantes que quería ver?-
-De
compras, como siempre, cariño- respondió mi madre y lo besó
-¿Y mi
pequeña?-
-Bien.
Me duelen los pies de caminar, pero ya se me pasará-
-Deberás
prepararte. Falta my poco para el baile-
-Lo sé.
Mamá me acompañó a ver la máscara y ya la tengo comprada y pedida. Estoy segura
de que la pasaré increíble, más aún sabiendo que lo decoró el mejor diseñador
de edificios-
-Muchas
gracias, hija, pero no soy el mejor. Nuestra empresa se encuentra en el segundo
lugar de los mejores. Antes que nosotros está Draw&Do. En verdad es una muy
buena empresa. Antes trabajaba ahí, pero renuncié ya que no me daban un respiro
para estar con mi esposa. Ya está, todo terminó. Soy el dueño de la segunda mejor
empresa de Nueva York. Tengo una hija espectacular, dulce y única, y una esposa
fiel, compañera y divina, ¿qué más podría pedir?-
-Nada
más- contestó Clara con una sonrisa
-Oigan.
Tengo ganas de probarme el vestido y todo, con excepción de la máscara que aún
no está terminada-
-Está
bien, corazón. ¿Sabes cómo ir a casa sola?- preguntó mi padre
-Sí. Ya
tengo la sensación de haber vivido aquí durante toda mi vida- dije riendo
-Muy
bien. Pues ve tranquila. Después nos vemos- comentó mi madre antes de que
cerrara la puerta de la oficina.
Cuando salí del
gran edificio, me encaminé por las calles a ver y conocer. Entré a librerías,
joyerías, tiendas de antigüedades, etc. En un momento, un local me llamó la
atención. Se llamaba: Bad & Good. Cuando me paré frente a la puerta, una
vieja anciana la abrió. Dejó que pasara a ver lo que tenía. La tienda estaba
dividida en dos sectores: el lado bueno, y el malo. Del lado bueno se hallaban
plumas de ángeles, cabello de unicornios, sombreritos de duendes, polvo del
olvido, polvo de luces. Del otro lado, encontré dedos de troll, ojos de sapo,
sangre ecuagulada y cosas espeluznantes. Al final de la habitación, alrededor
de velas, se encontraba el mismísimo libro de Lucifer. Alguien más había
entrado al local. No pude ver su rostro, pero si escuché lo que le pidió a la
anciana: Tardeo Transformus. De una pequeña caja que estaba debajo del
mostrador, sacó una botella que tenía un líquido rojo y azul. El joven pagó y
se fue. Me acerqué a la anciana.
-Disculpe,
¿qué es el Tardeo Transformus?-
-No
deberías escuchar lo que piden los demás. No me gusta responder aquellas
preguntas cuyo significado sé. Pero te diré de todos modos. El Tardeo
Transformus es una mezcla de sangre de unicornio y de perro. Esta mezcla hace
que la transformación, de la palabra Transformus, de una persona sea más
tardía, por eso lo de Tardeo-
-¿Cuál
es la transformación que quiere que no se realice?-
-La
mezcla de ambas sangres hace que un Hipogrifo no se transforme-
Esa era la
respuesta. El joven no quería transformarse en ese animal mitológico. De una
cartera que llevaba alrededor de mi cuerpo, tomé mi billetera y pagué el precio
de la botella. Mi plan era que Frank no se transformara en ángel en toda la
noche del baile. Sonaba aterrador lo que quería, pero era por el bien de todos,
principalmente para la de él. No supe si lo hacía porque lo seguía amando o
porque quería ser buena amiga. Tomé la botella y salí del local.
La calle estaba más
vacía aun cuando el día era soleado, pero era muy calurosa. Corrí hacia el
departamento hasta que un muchacho con capucha me detuvo.
-¿Qué
hacías en ese local?- me dice
-No es
de su incumbencia-
-Ya te
has olvidado que te cuido, ¿no es así? Ahora tienes otro, quien te anime y
quien está junto a ti en los momentos más horribles, cuidando que estés sana y
salva de los que te quieren hacer daño-
-¿Frank
Danibelle? ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Dónde está tu querida Emma?-
-Escúchame,
Begg- dijo sacándose la capucha- Entre Emma y yo no ha pasado nada y jamás
pasará. Yo...-
-me
amas a mí. Sí, como no. No soy aquella niña que caía en tus trucos, Frank. He
madurado en estos tiempos. Ahora estoy con mi madre y padre, feliz. No dejaré
que destruyas eso-
-No
quiero destruir nada, solo quiero solucionar este problema-
-No veo
ningún problema-
-¿Por
qué tienes que ser tan terca?-
-No lo
soy-
-Claro
que sí. También eres demasiado celosa-
-¿Y
cuál es tu problema? Ya no tienes a alguien así, Frank-
-¿A qué
te refieres?-
-Yo ya
no te pertenezco. Soy una persona libre, al igual que tu-
-Estás
loca-
-Entiende
de una vez. Esto ya no es un cuento de hadas. Estoy saliendo con otra persona-
-¿Con
quién? ¿Con Travis?-
-Sí-
-¿Con
ese chico? Se nota que no lo conoces-
-Lo
conozco lo suficiente-
-Es un
chico raro, con familia rara. Todo lo que tenga que ver con él es raro-
-Deja
de intentar que lo deje, porque no lo lograras-
-No es
humano-
-No
tienes pruebas-
-No
vine aquí para escuchar estas locuras. Estuve con una adivina. Es una chica del
colegio...-
-Que
bien, me dejas por Emma y a ella la engañas con una adivina. Así está el mundo-
-Basta
de ser tan egoísta y escucha lo que tengo que decirte, ¿quieres?-
-Lo que
quiero es no tener nada que ver contigo y de eso estoy segura-
Me tomó del brazo y
me llevó a las alturas. Traté de soltarme, pero no pude. Me sujetaba con mucha
fuerza.
Una terraza llena
de flores fue nuestro paradero.
-La
adivina me ha dicho que morirás el día del baile-
-Sí,
claro ¿Ahora sales con los cuatro fantásticos?-dije riendo
-Si
quieres no me creas, pero después no hagas que te diga “te lo dije”-
-No lo
podrás decir, porque “estaré muerta” según tu adivina llamada...-
-Elizabeth-
-Según tú
adivina llamada Elizabeth-
Me llevó hasta la
terraza de mi edificio. Esperó a que lo saludara, pero no lo hice. Me di la
vuelta hacia la puerta de salida de la terraza y caminé hacia allí.
-Adiós,
¿no?- dijo lastimosamente
-Adiós,
Frank. Por favor, no quiero que vuelvas a mi edificio ni a acercarte a mí-
-Entonces será como si jamás nos
hubiésemos conocido-
-Bien-
dije cerrando la puerta.
Bajando las
escaleras, escuché un disparo. Me detuve y corrí hacia la terraza, nuevamente.
Frank estaba tirado en el borde del edificio, un hombre le había disparado.
Corrí a sostenerlo para que no cayera. Estaba muy pesado, pero finalmente logré
levantarlo. Con mucho esfuerzo, traté de llevarlo a la habitación. Lo coloqué
sobre mi cama. Busqué el botiquín de emergencias para tratar de curarlo. Con
una venda tapé la herida. Dejó de sangrar, pero aún seguía abierta. Tomé mis
cosas y fui al mismo local de la anciana.
-Necesito
algo para curar a un ángel herido-
-¿Tienes
idea en dónde está herido?-
-Cerca
del hígado-
-Dale
uno de éstos. Son píldoras curativas. Que se tome dos. En unas cuantas horas la
herida ya habrá sanado. Necesita reposo y cariño, niña. Jamás lo dejes en estos
momentos-
-Gracias.
¿Cuánto es el precio?-
-Se lo
dejo gratis, joven. El precio es que lo cuide-
-Muchas
gracias- Dije ya apresurándome al edificio
Cuando llegué,
seguía en el mismo lugar de donde lo dejé, en la misma posición. Saqué las
píldoras y se las di. Tuve que hacer que las tragara ya que parecía
inconsciente, pero respiraba normal. Allí me quedé, esperando a que la herida
sanara y despertara.
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