El día tan esperado
llegó. Las chicas ya estaban levantadas y listas para el viaje. No recordaba
haberlas oído acostarse ni levantarse, debí haberme quedado profundamente
dormida. Me levanté y me bañé rápidamente. Al terminar, me vestí de una forma
no peculiar en mí. Me puse unos jeans negros, junto con una remera azul marino
con una guitarra de dibujo, un saco blanco de hilo y una boina negra. En verdad
las chicas me vieron muy diferente.
Lamentablemente,
Cady y Nicholas habían terminado, ya que Cady sentía que no se conocían
demasiado, pero estaba más feliz de lo que creía por el viaje que haría con
nosotras.
Al estar a punto de
abrir la puerta, la directora Sawner entró y nos dijo que mi padre ya estaba
esperándonos afuera. Hacía ya mucho tiempo que no salía del lado principal del
colegio, pues a los alumnos no se nos tenía permitido salir del edificio por
seguridad, pero siempre me salí con las mías.
Antes de partir,
Mae, Cady y Michelle me acompañaron a saludar a todos. Allí estaba Frank,
esperando a que lo salude y poder hablar solamente unos minutos. Lo saludé a lo
último para poder escapar, y fue un plan totalmente exitoso. A la persona que
más extrañaría sería a Nicholas, quien siempre me acompañaba en las buenas y en
las malas. Las cosas que siempre hablábamos en clase, que me hacían reír de una
manera en la que jamás me había reído con alguien. Siempre lo dije, el era como
un hermano para mí. Las cosas que me sucedían se las contaba siempre a él,
nunca hubo un secreto entre nosotros y estoy muy agradecida por ello. Con él
tenía una grata confianza que jamás perdería.
Cuando salimos, un
auto deportivo nos esperaba en la entrada. Un pequeño jardín estaba frente a la
puerta del colegio que, en el centro, había una fuente. Entre ésta y la puerta
había una distancia de aproximadamente cinco metros para poder dejar autos. Los
micros estacionaban en la parte trasera del colegio.
El auto era de
color negro. Las ventanillas también eran de ese color y le daba mucho estilo.
La parte trasera del auto tenía una gran maleta marrón y unos stickers mirando
hacia atrás. Ahí, en el volante, estaba mi padre con unos anteojos de sol que
impedía verle los ojos. Metimos las maletas atrás y entramos al auto, que
estaba muy cálido y perfecto.
-Muchas
gracias, señorita Sawner. Lo último que le pido es que haga un permiso para
poder sacar a éstas bellas damitas fuera del continente y del país, porque
antes nos iremos a Nueva York, Manhatan, donde recogeré una caja con obsequios
para las chicas-
-Es
más, Señor Davis, las autorizaciones las tengo aquí mismo- le dio a mi padre
tres papeles firmados- Espero que tengan un buen viaje-
Salimos a las siete
y media de la mañana. Mi padre arrancó el auto y vimos cómo nos íbamos alejando
del colegio. Fue una triste despedida del hogar que siempre extendió sus brazos
a mí y a todos los niños que no tenían un lugar en el que pudieran vivir.
Pasamos la ciudad.
Luego, campos en los que se podían observar vacas, ovejas y caballos comer el
fresco pasto verde con el rocío de la mañana. Ahí estaba un potrillo junto a la
madre. Éste nos vio y comenzó a dar grandes galopes para ir a la misma
velocidad que el auto. Fue un acto maravilloso de un pequeño animal recién
nacido.
A unas cuantas
millas de la cuidad, había un pequeño pueblito que había escuchado nombrar. Mi
padre se detuvo para llenar el auto e ir a comer, pues ya eran las doce del
mediodía. Un restaurante, muy bien pintado y arreglado, nos sirvió unas pastas
deliciosas. Su tuco era espeso. Los fideos estaban calientes. El plato mantenía
el calor para que no se enfríe la comida. Todo estaba muy bien preparado.
Cuando terminamos
el almuerzo y el auto ya estaba con el tanque lleno, continuamos nuestro viaje
a Manhatan.
Cada pueblo, cada
campo, cada ciudad que fuimos pasando tenía su año.
Ya faltaba muy poco
para llegar a nuestro destino. Cada vez más, principalmente Mae y Cady, nos
emocionábamos y comenzábamos a planear lo que haríamos. Eran las cuatro de la
tarde cuando faltaban apenas cincuenta kilómetros, pero a las cuatro y media
faltaban veinte kilómetros. No se podía creer la velocidad con la que nos
movíamos sin enterarnos. El auto era silencioso y cómodo. Mi padre siempre
ponía música de AC/DC, Ledd Zeppelín y todas bandas bien movidas. Nuestras
conversaciones eran entretenidas. También hacíamos juegos durante el viaje como
el “Veo, Veo” o el Tutti-Fruti con canciones. En verdad era un padre muy
agradable y divertido.
Llegamos a nuestro
destino. La ciudad era muy grande y llena de gente que iba y volvía, llevaba y
traía. Muchos locales tenían sus luces encendidas con esos enormes carteles en
los que pasan propagandas de televisión, shoppings, computadoras, etc.
-Papá,
¿crees que en vez de ir a ese lugar especial que me querías enseñar nos
quedemos aquí?- le pregunté a mi padre, ya que adoraba esa bella ciudad
-Por
supuesto. Es más, les quería preguntar lo mismo, pues mi jefe me había dicho que,
si pasábamos por aquí, me quedara para tener una reunión con unos hombres de
Portugal para hacer unos negocios- me contestó con una risita- Además, no muy
lejos de aquí hay una playa en la que pueden ir a tomar sol y todo lo que
quieran, pero eso lo podrán hacer mañana. A ésta hora no hay buen sol-
-Claro-
le contesté- Después de ir a un hotel a alojarnos, ¿podremos ir a visitar la
ciudad? Es que en éstos cinco días libres queríamos ir con las chicas de
compras. Como debes saber, la directora nos comentó a todos que haría una
fiesta de disfraces así que decidimos con las chicas salir en busca de vestidos-
-No hay
ningún problema. También les iba a decir que no iremos a cualquier hotel, sino
que iremos al mejor hotel de toda Nueva York-
En ese mismo
momento presencié a alguien inesperado. Sabía perfectamente quién era, el
sonido se escuchaba muy bien. Jamás me equivocaría en la vida.
-Ya
vuelvo. Debo observar una cosa que me encantó en una vidriera que vi.-
-Te
acompañamos- dijo Mae
-No- le
dije seria- Quiero ir sola-
Me bajé del auto
para “ver la vidriera”.
-Ahora
volvemos, cariño. Les enseñaré una cosa a tus amigas. No quiero que te vallas
de aquí- dijo mi padre- Les enseñaré un local en el que trabajé durante dos
años cuando no conocía a tu madre-
-Vale.
Y no te preocupes, no me moveré del lugar-
Estuve mirando una
vidriera de sacos para mujeres mayores. Seguramente mi padre me miraba con
asombro y con miedo a la vez. ¿Por qué tuve que pararme allí? Parecía una loca
a quien le gustaba las cosas de viejas, pero fue la única manera para poder ver
quién nos espiaba.
A unos dos metros
había un callejón sin salida y me metí allí. Estaba vació y silencioso. El
ruido se volvió a oír.
- Ahora
mismo vienes frente mío y me dices qué estás haciendo aquí-
Un sonido de alas
se escuchó detrás. Sabía que era él.
-Temí
que pudiera pasarte algo- dijo Frank- Además la directora me dijo que me asegurara
de que estés bien. Pero la verdad es que solo vine para vigilarte-
-Te
recuerdo que soy mayor que tú y no necesito que nadie me cuide. No sé si te has
dado cuenta de que estoy con mi padre y con las chicas-
-Pero
ahora te veo sola. Entonces, ¿quién te estará cuidando cuando vuelvas a estar
sola? Está lleno de hombres por aquí-
-Yo
misma me cuidaré. Como ya te he dicho, no necesito que nadie me cuide. Por los
hombres no te preocupes, que hay más muchachos que mayores de edad-
En ese momento Frank
se enojó al comentar de otros muchachos. Me di cuenta por la mirada en sus ojos
celestes que pasaron al rojo carmesí, pero no le di bolilla, pues no sentía lo
mismo que antes. Lamentablemente lo seguía amando como nadie podía amarlo en la
vida. Seguía dolorida. Cada vez que lo miraba, la imagen me volvía a la memoria.
Mi cara de tristeza, mi corazón partido. Todo aparecía en mi mente. No lo iba a
perdonar, pasara lo que pasara, esté sola o no lo esté. Lo que ocurrió, para
mí, no quedaría en el pasado y haría que nada había ocurrido. No, no se puede
olvidar algo así.
-Sé lo
que estás pensando, Begg- dijo Frank mirándome con un brillo de lágrima en sus
ojos que volvieron a su naturalidad- No sé leer mentes, pero en tu mirada lo
sé. Sabes que no quería que pasara algo, que mi corazón le pertenecía a la
única persona que me hace feliz cuando ella está feliz. La respuesta está en la
forma en la que te miro, Begg. Tú eres mi dueña y nadie te quitará eso-
-¡No
quiero que me hables más del tema, Frank! ¡¿Qué no lo entiendes?! ¡Hayas
sentido algo o nada por ese beso no me importa en lo absoluto! ¡Tus labios
estaban junto con los de ella! ¡Y si dices que soy tu dueña, te ordeno que me
dejes tranquila y que dejes que siga mi vida! ¡No quiero seguir sufriendo cada
vez que una chica te mira o se te acerca! ¡Estoy harta!- le dije. En verdad
estaba llorando. Ya no podía hablar de tanto llorar
-Pero
aún me amas- me dijo
-Ese es
mi problema, Frank...ya no quiero amarte más-
Frank me miró
triste. Supe que su corazón también estaba destrozado, pero no tanto como el
mío. Era imperdonable lo que me había hecho. Si en verdad no quería besar a
Claricé, podría haberle corrido la cara y decirle que el no sentía nada por
ella, que solo me amaba a mí. Me di la vuelta para no verlo, pues, como ya
había dicho, al verlo la imagen volvía. Escuché cómo levantaba el vuelo y se
iba. Ya no me importaba nada. Mi mente quedó en blanco.
Al darme la vuelta,
una pluma yacía en el suelo. Arriba de ésta se encontraba un collar. Pero no
era cualquier collar. Era un topacio.
En mis sueños
siempre me veía en una vidriera, observando un local de joyería. Frente a mí
estaba un bello collar de topacio.
Tomé las dos cosas
y las guardé en una pequeña bolsita y la guardé en mi bolso. Jamás me había sentido
tan mal en mi vida. Miré al cielo. En la terraza de la casa que estaba al lado
derecho de mí, estaba Frank, mirándome. Miré abajo de nuevo y me fui hacia la
calle, donde esperaría al auto para irnos al hotel. Estaba segura de que, aun
cuando no necesitara a nadie, me cuidaría y estaría allí en caso de que
necesitase a alguien.
Me dirigí fuera del
callejón para quedarme en el lugar en el que mi padre me había dicho que me
quedara.
Ya eran las siete
desde que habíamos llegado a Nueva York. Esperé tan solo cinco minutos y el
auto ya estaba frente a mí.
-Vamos,
querida. Te ves muy agotada- dijo mi padre mirando mi cara
-Es que
tuve un día demasiado duro- le dije aún decaída por mi encuentro
Subí al auto y nos
fuimos velozmente al hotel. Las chicas me contaron lo que habían visto en el
trabajo anterior de mi padre.
-Estuvo
fabuloso. Ahora, cuéntanos lo que pasó para que estés así- dijo Michelle
-Creo
que es mejor que esperemos a que Begg se sienta más animada. No se la ve muy
bien. Debe haber ido a probarse ropa todo este tiempo en el que estuvimos
alejadas de ella- dijo Mae suponiendo que había pasado algo que no quería que
sucediera.
Le sonreí con muy
poco ánimo. Pues me había salvado de un gran aprieto. No quería contar lo que
había pasado.
En todo el viaje me
imaginé gritándole a Frank que si hubiese tenido la oportunidad de besar a
Travis ya lo habría hecho, pero jamás en la vida se me hubiese imaginado
besarlo frente a él, ya que era la única persona que podía hacerme ver las
cosas de otra manera, ver lo negro en blanco.
Muy dentro de mí
estaba muy mal por no haber perdonado a Frank, pero haberlo hecho habría sido
un gran error. Las chicas me miraban, con excepción de Mae, quien prefería
esperar el momento justo para que le dijera las cosas. Igual pensaba decírselo
a ella y a nadie más. Era mejor que quedara entre las dos.
-Muy
bien, muchachas, ya llegamos a nuestro hotel- dijo mi padre muy alegremente
En verdad era
hermoso, grande, espacioso y, especialmente, elegante. En éstos cinco días nos
quedaríamos en el hotel Waldorf Astorian. Con las chicas nos miramos y pensamos
a la vez que nos perderíamos rápidamente.
Un joven apareció.
Al verlo mejor, pude darme cuenta de que se trataba de Laurent.
-¿Laurent?-
le dije extrañada
-¿Rebecca?-
estaba igual de sorprendido-¿Qué estas haciendo tú aquí?-
-Estoy
de viaje con mi padre y unas amigas-
-No deberías
haber salido del colegio. Recuerda que Luzbel sigue suelto en tu búsqueda y la
de Frank. Hablando de eso, ¿cómo está?- me preguntó con una sonrisa
-Ya no
es de mi incumbencia. Que haga lo que quiera-
-Ah,
que lástima. La verdad es que no quiero molestarte, Begg...-
-Se
besó con otra chica frente a mi cara- le dije sabiendo qué quería saber
-Oh. Lo
siento, querida-comentó en un susurro apenado
En ese momento las
chicas me vieron hablando con Laurent, que era un muchacho guapísimo. Se
acercaron para ver de quién se trataba. Mi padre venía detrás de ellas después
de haber sacado las llaves de la habitación.
-¡Laurent!-
gritó mi padre-Que alegría volver a verte-
-Igual,
señor Davis. Al ver a su hija tan grande y más hermosa que antes, es un gusto
mayor. Pero mírese usted, también está más guapo. Pareciese que bajó unos
cuantos años- le dijo Laurent con una sonrisa mirándome de reojo
-Y...qué
se le va a hacer. Un hombre como yo nunca nos hacemos viejos-
-Se
nota- le contestó
Mae me miró con una
cara como diciendo: “preséntamelo, Begg”, y así debía hacerlo.
-Ellas
son mis amigas del Instituto Saphire. Mae, Cady y Michelle-
-Un
placer conocerlas-
Laurent se quedó
mirando a Mae, me parecía que le pareció una chica muy linda y que algo pasaría
entre ellos dos, así que le hice una seña a Michelle y a Cady para dejarlos
solos e ir a la habitación.
Nos quedamos
paradas esperando el ascensor, que apareció velozmente abriendo sus puertas.
Subimos y nos quedamos observando a Mae y a Laurent hablando.
Mi habitación era
la 1305. Como todas las habitaciones era espaciosa y hermosa. La cama era muy
grande en la que entrarían cómodamente cuatro chicas de mi misma edad, pero
como mi padre era muy importante, le dieron cinco habitaciones que estarían
juntas. En ese instante pensé que toda esa habitación era mía y de nadie más.
Cada una se fue a
su habitación, incluida Mae, quien seguía feliz por la conversación con mi
mejor amigo de la infancia.
Me recosté y me
puse a ver unas cuantas películas de aventuras en selvas, bosques y cosas por
ese estilo. Mientras veía la película, comencé a cambiarme de ropa para poder
irme a dormir en cuanto la película hubiera terminado.
En una de las
partes en las que siempre aparece un muerto viviente, un ruido se escuchó fuera
de mi ventana. Supuse que se trataba de un murciélago o alguien que tramaba
hacerme una broma de muy mal gusto y decidí quedarme tirada en la cama sin
hacer nada, solamente viendo la película que me había traído mi padre de la
ciudad de Detroit.
Luego de que unos
minutos pasaron, se volvió a escuchar el sonido, pero esta vez había sido más
espantoso, como si estuviesen golpeando la cabeza de alguna persona. Me levanté
de la cama para ver de qué se trataba. Abrí la ventana y se trataba simplemente
de Frank. Al verlo me enojé completamente e intenté cerrarle la ventana frente
a su nariz, pero su mano sostuvo la ventana antes de hacer mi acción.
-¿En
verdad me decías que no me querías amar más?- me preguntó angustiado
-No- le
contesté
-¿Entonces
por qué lo dijiste? Sabías que me haría mal-
-Esa
fue mi razón. Pensé que así dejarías de seguirme-
-Ya te
lo dije muchas veces, Begg, jamás te dejaría- dijo con una sonrisa pequeña
-¿Por
qué nos lastimamos mutuamente, Frank?-
-No lo
sé- me contestó- Pero sé que cualquiera haría lo imposible para hacer que
nosotros estemos lejos-
-Júrame
que no querías que Claricé te besara- le dije de la nada
-Lo
juro. ¿Me perdonas?-
-Sí- le
dije- No olvides que siempre te amaré, aunque lo niegue-
-Es
algo que no se puede olvidar-
Frank se me fue
acercando de a poco cerrando sus hermosos ojos celestes muy lentamente. Al
estar a un centímetro de sus labios, Michelle y Cady entraron a la habitación.
Al vernos juntos y a Frank con alas, las chicas se atemorizaron totalmente y
comenzaron a gritar. Corrí hacia la puerta metiéndolas dentro de la habitación.
Me pedían que las dejara salir, pero no podía, pues los otros huéspedes se
enterarían que Frank era un ángel e intentarían matarlo para hacer experimentos
para ver cómo era posible que un humano tuviese alas en la espalda.
-Aléjalas
lo más posible de la puerta, si alguien las escucha estaremos en problemas muy
grandes- dijo Frank pensando qué debía hacer ante esa situación.
Dentro de su camisa
negra, colgando en su cuello, tenía una pequeña bolsa. Hizo que me acercara
para poder ver lo que tenía dentro. Un polvo multicolor se hallaba desparramado.
Tomó un puñado y se lo arrojó a las chicas. Las dos se cayeron al piso.
Parecían estar muertas.
-¡Las
has matado!- le grité enojada
-No
temas-
-¡¿Cómo
quieres que no tema?! Has matado a dos de mis mejores amigas-
-Te
dije que no temas porque no están muertas. Están dormidas. Cuando se despierten
no recordarán nada de lo que vieron-
-Ah...disculpa.
Creí que las habías matado-
-No soy
TAN bestia como para matarlas-
-¿Tan?-
le pregunté
Frank se rió. En
verdad era algo muy tonto lo que había pensado. Frank, matar a mis amigas, no,
imposible. El no era esa clase de persona. Era tímido, tierno, protector,
gracioso, a veces un poco loco, pero no sería capas de matar a mis amigas sin
motivo alguno.
-¿Te
diste cuenta de que siempre que estamos bien juntos alguien nos interrumpe?- me
preguntó
-Sí.
Pero ya me estoy acostumbrando un poco- le dije con una sonrisa
-No te
acostumbres, sino no voy a poder animarme a dar el paso- me dijo
-¿El
paso?- le pregunté. Pues no sabía a qué se refería
-Si, Begg.
Desde la vez en la que te mostré lo que en verdad era siempre quise hacer algo-
me dijo. Sus pómulos se volvieron de un color rosado. Estaba ruborizado
-Frank-
le dije en un susurro
Le levanté la
cabeza lentamente. Me fui acercando a él, lento y tranquilamente. Esta vez sí,
Frank y yo nos estábamos besando. Mi corazón latió con velocidad como jamás me
había latido. El ángel me tomó la cara con sus manos y acercó mi cara a la
suya, dejándome sin respiración. Nuestro beso parecía incontrolable. No podíamos
parar. Parecíamos desesperados. Pero ya estaba con él. Nuestra respiración era
anormal. No quería parar. Una vez en la que se besa a alguien por primera vez
después de intentar muchas veces, ya no se vuelve a repetir. Mi sueño se había
cumplido y nada ni nadie podía quitarme el momento de mi mente.
Se escucharon los
bostezos de las chicas.
-Debes
irte, Frank. Mañana te veré en la azotea-
-Prométeme
que irás-
-Lo
prometo, tonto- le dije riendo
-Hasta
mañana, Begg. Que sueñes con los angelitos, o sea conmigo-
-Adiós,
Frank- le dije riendo, pues las chicas miraban al techo y se preguntaban qué era
lo que hacían en mi habitación
Cerré la ventana
rápidamente.
-Begg,
¿qué hacemos aquí?- me preguntó Cady
-Estábamos
viendo una película y se quedaron dormidas. Traté de despertarlas, pero estaban
muy dormidas-
-Ah.
Entonces, como la película ya terminó, nos vamos a nuestras habitaciones. Hasta
mañana, Begg- dijo Michelle
-Hasta
mañana, chicas- les dije
-¿Estás
segura de que nos quedamos aquí viendo una película? Es que no lo recuerdo-
preguntó Cady
-Sí- le
dije- Estoy diciendo la verdad-
-Está
bien. Hasta mañana, Begg- saludó Cady y cerró la puerta.
Por las dudas, para
que no volviese a ocurrir lo que había sucedido, cerré la puerta con llave.
Al quedarme un
momento en la puerta, corrí hacia la ventana. La abrí y llamé a Frank.
-Dime-
apareció rápidamente asustándome
-Quédate
conmigo-
-¿Huh?-
contestó- ¿A dormir?-
-Sí- le
dije- Es que no tienes ningún lugar para dormir y estuviste todo el día
siguiéndome. Debes estar agotado-
-¿Y si
alguien nos ve?-
-La
puerta está cerrada-
Frank entró a la
habitación. Se quedó mirándome. Llamé a servicio de habitación para que
trajeran una bandeja con milanesa y papas fritas, pensando que Frank estuviese
hambriento.
En cinco minutos,
la camarera estaba en la puerta con la bandeja en las manos. Le abrí la puerta
para que dejara la comida sobre una mesa que se hallaba en el comedor de
entrada. Frank se había escondido dentro del armario para que la camarera no
sospechara de lo que pasaba, pues si se enteraba que estaba con un joven en la
habitación, le diría a mi padre y éste echaría a mi compañero dejándolo sin un
lugar para dormir. Conociendo algo a mi padre, le dejaría una habitación para
que se quedara, pero jamás lo dejaría que esté conmigo y en la misma
habitación.
Al irse la camarera,
Frank salió del ropero y comió toda la comida muy rápido. Cuando terminó su
plato, se acostó en la cama. Sobre su estómago coloqué mi cabeza y así me quedé
dormida. Me hubiese gustado ver esa imagen durmiendo los dos juntos.
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